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Sábado |
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1 de octubre
de 2005 |
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Sábado de la vigesimosexta
semana del Tiempo Ordinario |
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PRIMERA LECTURA «¡Ánimo!, pueblo mío tú que llevas el nombre de Israel. Ustedes fueron vendidos a los paganos, pero no para ser destruidos; por haber provocado la ira de Dios fueron entregados a sus enemigos. Provocaron la indignación de su Creador, ofreciendo sacrificios a los ídolos y no a Dios; han olvidado al Dios eterno que los alimentó, y han entristecido a Jerusalén que los crió. Cuando Jerusalén vio venir sobre ustedes la ira de Dios, dijo: “Escuchen, ciudades vecinas de Sión: Dios ha mandado sobre mí una gran desgracia; he visto que desterraban a mi pueblo, a mis hijos e hijas por orden del Eterno. Yo los había criado con júbilo y los he dejado partir con llanto. Que nadie vuelva a alegrarse conmigo, porque soy viuda y estoy abandonada. Por los pecados de mis hijos me encuentro sola, pues se apartaron de la ley de Dios”. Pero tengan ánimo, hijos míos, e invoquen al Señor, pues el que les envió desgracias se acordará de ustedes. Así como un día se empeñaron en alejarse de Dios, así vuélvanse ahora a él y búsquenlo con mucho mayor empeño. Pues el que les mandó todas estas desgracias les dará también con su salvación la eterna alegría». Palabra de Dios.
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SALMO RESPONSORIAL Sal 68, 33-35. 36-37 R. El Señor jamás desoye al pobre. Se alegrarán al ver al Señor los
que sufren, Ciertamente el Señor salvará a
Sión,
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EVANGELIO En aquel tiempo, los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». El les contestó: «Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo». En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo, y exclamó: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron». Palabra del Señor.
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